Hacía tiempo que queríamos hacer algo diferente. Se propuso ver amanecer en la Bola del Mundo, y como no estamos locos, el 17 de julio, allá nos fuimos.
A la una de la madrugada ya estaba el colorao en la puerta de mi casa. ¡Qué raro se hace eso de montar las bicis en el coche a esas horas!. Recogemos en Magán a Jacobo, más bien conocido como Hijo de Caín, o del Averno, según gusten algunos. Caras de guasa en la gente: "Y estos, ¿dónde van a estas horas?". Y eso que últimamente se ha puesto de moda hacer rutas de noche.
Ya en Cercedilla, el viento bate los árboles y nos hace pensar que tiene que hacer un frío del carajo. Bajamos del coche, unos 20 grados marca el termómetro de mi cuentakilómetros. "Bueno, no hace tanto frío" comenta alguien.
La subida por el Calvario la han dejado como una autopista hasta la parte final, donde las piedras y la pendiente hacen que más de una vez tengamos que descabalgar (eso, y que no estamos finos, jejeje).
Ya en el Puerto de Navacerrada, tengo la impresión de que estamos en una película de miedo. La niebla, la luz amarillenta de las farolas, los edificios sacados de la antigua URSS, la soledad, el sonido del viento... hacen que parezca que hayamos retrocedido en el tiempo.
Llegamos a la Venta Arias, con su termómetro marcando 13 grados. El frío de momento no nos inquieta. Aunque vamos en manga corta, subiendo no lo notamos.
Comenzamos la subida a la Bola, con sus duras rampas, aunque el hormigón del piso hace que sea más llevadero. Abajo, en el valle, se ven las luces de las casas, y uno presiente el calorcito que deben sentir sus habitantes metidos en la cama.
Arriba, el viento es insoportable. El frío se cala en los huesos facilitado porque vamos en manga corta, casi en bolas, y empezamos a pensar que el amanecer lo vamos a tener que dejar para otro día. El edificio da la misma sensación que abajo en el puerto, parece sacado de la serie "Perdidos". Dentro, una luz. Nos dan ganas de llamar a ver si nos dejan calentarnos un rato. Pero pensamos que es una tontería, y nos acurrucamos en un rincón, donde comemos un donuts y echamos unas risas a cuenta del Colorao, que parece que está en la puerta de una disco después de haberse pasado con la priva.
Sin tiempo que perder, bajamos entre la niebla hacia el Puerto, huyendo de los 8 grados que hay arriba. En poco tiempo, de nuevo en el Puerto, donde el Colo y HDC se colocan papel de los manteles de la Venta al estilo de los viejos ciclistas.
Bajando por el Whistler, el amanecer muestra colores que no se ven a las dos de la tarde, cuando los Mahous nos llaman con insistencia. Esta vez, nos llaman las porras con cola-cao, de las que damos buena cuenta en el pueblo de Navacerrada.
Una aventura que sin duda hemos de repetir, sin cometer los errores de novato que nos han acompañado en esta primera subida nocturna a la bola.
Proximamente, el vídeo...
lunes, 5 de septiembre de 2011
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